lunes, octubre 27
invierno
domingo, octubre 26
lejos del crimen perfecto
Ya había salido del edificio cuando dos guardias de seguridad me alcanzaron y muy amablemente (cada uno aferrado ligeramente a cada uno de mis codos) me escoltaron al interior para pagar las cosas que traía en el carrito.
jueves, octubre 23
abusados, cabrones
Literalmente.
Y por mediodelapresente agradecemos especialmente a la muy ponderada Médico Veterinario Zootecnista Patricia Hinojosa por su desinteresada contribución en este interensantísimo, divertido y nunca soñado proceso de aprendizaje.
miércoles, octubre 22
Hablando de igualdad y espárragos fritos
Francisco me robó a los 15 años. Al menos así se le ha dicho siempre en mi pueblo cuando una mujer se va con el hombre, y por falta de mejor lugar, se echa detrás de un mezquite o un huisache achaparrado y viendo al cielo se abre de piernas mientras cierra los ojos y reza un Ave María, llenándose la ropa y las nalgas de tierra y piedritas y con el hombre encima con los pantalones echos bola a media pierna.
Y esa es la ceremonia de matrimonio, como música de celebración el aullido de los coyotes, si es que una tiene suerte, porque a veces ni eso se oye. De testigos tenemos a los grillos y al Dios ese del que me platican, porque dicen que todo lo ve. Con eso basta para tener dueño toda la vida.
Francisco tenía dos años más que yo cuando me revolcó por primera vez y me hizo un hijo. Después que parí el segundo, en la clínica me dijeron que había formas de cuidarme para no embarazarme otra vez, porque aquí todos saben cómo se oye el llanto de un niño cuando el hambre le retuerce las tripas.
Hace unos años llegó una empresa y nos dio trabajo a muchos. Son largas horas las que estamos allí metidos, pero no nos falta qué comer ni leña para la estufa cuando llega el invierno, porque ése no perdona. Se te mete en los huesos y te aprieta el pecho sin miramientos ni piedad.
Aquí la gente, cuando hay qué hacer, es muy trabajadora. Antes de que llegara la empresa, yo nada más estaba en la casa, limpiando, lavando ropa, cocinando y cuidando a los niños. Paco trabajaba por temporadas en la pizca de manzana, los cortes de cilantro o la cosecha de papas.
Ahora que trabajamos los dos en la empresa mi mamá cuida a los niños durante el día. Apenas los veo. En la mañana que me levanto para hacer de desayunar es muy temprano para ellos y en la noche que hago la cena para Paco y el almuerzo para el siguiente día, ya están dormidos. Los domingos lavo la ropa de la semana y poco me queda de tiempo y energía para jugar con ellos un rato.
Cuando llegamos del trabajo a la casa, Paco llega al sillón a ver la tele y a repelar de lo cansado que está por las largas jornadas en el trabajo. Le sirvo de cenar y luego se duerme mientras yo sigo ordenando un poco la casa y terminando de preparar la comida para el siguiente día.
A veces quisiera llorar de desesperación cuando oigo a mi marido quejarse de lo cansado que está, siendo que yo he trabajado las mismas horas que él y aparte llego a la casa a seguir trajinando.
En el comedor de la empresa, a la hora del almuerzo, cuando tengo que calentarle y servirle la comida me dan unas ganas casi incontenibles de aventársela en la cabeza. De paso me evito comentarios entre labios de lo fría o desabrida que está.
Los domingos que quiero dormir más o estar con mis hijos pero estoy lavando con mis manos lastimadas del trabajo de la semana, apenas puedo evitar echarle el agua hirviendo con jabón en la cara allí donde él sigue dormido.
Ayer cumplí 23 años. Sin quejarme en voz alta, lo hago. Constantemente, lo hago. Pero en mi cabeza nada más, por que aquí nos enseñan a no quejarnos, menos cuando nos toca un buen marido. Uno trabajador que no golpea ni anda de borracho y mujeriego, aunque de eso nunca he estado muy segura.
Me pregunto si así va a ser el resto de mi vida. Me preguntó cuánto va a durar este resto porque yo ya estoy cansada.
Es culpa de la ingeniera que vino de fuera y me metió ideas en la cabeza. Es que ella no sabe que aquí nadie conoce la palabra igualdad, que eso no existe.
lunes, octubre 20
delirante
Delirante.
O puede que sólo dolorida. O será ¿adolorida? Revasar o ¿arrevasar? (O todavía mejor: Rebasar o ¿arrebasar?) ¿Grapadora o engrapadora?
Será el trancazo que me pegué hoy en la cabeza que me sacó sangre y me dejó tirada en el suelo sin aire por minutos.
Cuando al fin abrí los ojos, gente alrededor, en circulo, sus caras oscuras y el sol tan brillante en mero en medio, como acomodado.
Voces lejanas, revueltas, todas al mismo tiempo.
Tengo un chipote y costra. Debajo del pelo tengo un chipote y costra. Me duele toda. La cabeza.
Quién me manda ser de las más altas. Nadie se preocupa por abrirla porque nadie se pega allí en esa puerta doble que da a lo que ahora es el comedor y que antes era una enorme caballeriza.
Mas que yo. Por segunda vez.
Puertas dobles, no horizontalmente, sino verticalmente.
Carajo.
domingo, octubre 19
efectos secundarios
Ayer llegué al rancho con vacunas para los perros del rancho. Son cuatro. Hay un Labrador y tres Gigante de los pirineos.
En este caso (como en la mayoría... dicen), el tamaño si importa. Yo sentía un poco de mucha preocupación de ser la que tendría que acercarme con esas agujas a los enormes perros.
Siguiendo las instrucciones del veterinario y gracias a la increíble cooperación de Gafas, Lola, Nena y Max, logré el objetivo sin mayor problema.
El último vacunado fue Gafas. Es el perro más grande. A veces se para (apoyando sus patas en las tablas) en los corrales junto a mi. Es más alto que yo. Yo mido 1.71. No es tantísimo, pero en perro, se me hace mucho.
El caso es que terminé de vacunar al Gafas y me encantó cómo salió brincando aparentemente muy contento... hasta que se fue sobre la Nena. Y digo que verdaderamente se fue sobre ella.
Enjundiosamente.
No pude evitar acordarme de mi amigo, ese que tiene una reacción parecida con las tormentas.
¿Talvez sea el instinto reproductor que se abre con la adrenalina que da el miedo que se siente ante un peligro?
Nota: Nunca he estado con mi amigo durante una tormenta...
jueves, octubre 16
salteeeeee
And so it isJust like you said it would beLife goes easy on meMost of the timeAnd so it isThe shorter storyNo love, no gloryNo hero in her sky
And so it isJust like you said it should beWe'll both forget the breezeMost of the timeAnd so it isThe colder waterThe blower's daughterThe pupil in denial
Did I say that I loathe you?Did I say that I want toLeave it all behind?
I can't take my mind off of youI can't take my mind off of youI can't take my mind off of youI can't take my mind off of youI can't take my mind off of youI can't take my mind...My mind...my mind...'Til I find somebody new
lunes, octubre 13
para antes de la cena
Claro, todas las conversaciones en diferentes esquinas pararon cuando se me ocurrió comentar que tengo una matriz en mi congelador.
Todos me voltearon a ver con cara de “juat?”, preguntándose si habían oído bien y en general con diferentes grados de aversión y asco en la expresión.
Tuve que explicar que estoy tomando un curso de inseminación artificial y que fui al rastro municipal a la hora del sacrificio (muy de madrugada) para ver si me podían regalar todo el aparato reproductor de la vaca para practicar.
No entendían qué practicaba exactamente.
Expliqué el objetivo de tener una matriz de vaca, como tocar para poder identificar las partes de los órganos viendo y sintiendo porque cuando estas palpando, sólo tienes el tacto para hacerlo.
El puro morbo hizo que me siguieran preguntando entre risas, comentarios y güacalas.
Sí, meto la mano.
No por allí, por el recto.
Si, con un guante que me llega hasta el codo.
Si, se pedorrean a veces.
Si, también eso.
Si, te salpican.
Para localizar los ovarios, los cuernos, las trompas y los anillos del cuello uterino, que es donde tienes que mover con los dedos para ayudar a la pipeta a pasar porque se atora.
La pipeta es lo que entra por la vulva y con lo que metes el esperma.
De allí la conversación se degeneró completamente y terminó en pura cochinada. El apetito de algunos desapareció, también. Pobres.
Bueno, de seguro los administradores, mercadotecnistas, financieros, ingenieros y contadores no se divierten tanto hablando se su trabajo.
Ni haciéndolo, como yo.
jueves, octubre 9
pasada la tormenta
Antier, mi nuevo trabajador de dos semanas y media, Feliciano (a quien todo mundo llama Felis (y yo insistía en llamar Felíz)), renunció.
Después de la hora de la comida, se largó. Decidió irse y no volver. Nunca más. Así de dramático.
El siguiente día, a eso de las 8:30 de la mañana, mientras yo acarreaba (con mucho esfuerzo acompañado de pujidos y gemidos) carretillas con alimento molido y cajas de resaga para dar de comer a los animalitos de la creación (trabajo anteriormente asignado al querido Felis), el ingeniero de empaque (jefe de la esposa del antes mencionado ese aquel susodicho en cuestión), me buscó para contarme la versión de Felicianio contadada por la mujer del por qué me había abandonado así nomás.
Me dijo: "Dijo que dijo (que le dijeron que dijimos que dijo que dice) que tú lo humillaste, que le gritaste y le tronaste los dedos como a un perro, que lo pusiste a recoger basura y que le dijiste que querías que en dos horas terminara de hacer todo y que el no trabaja por horastrabajapordía y que no tiene por qué ser humillado y por eso se fue y ya no va a volver."
Vualá.
A mi se me salió la lágrima. De esas lágrimas gordas, solitarias y méndigas que se notan porque se te escapan de repente y caen sin más, delatando todo.
Obviamente, todo el rancho se enteró, porque así son estas cosas en estos lugares.
Ahora soy la gritona-humilladora-truena dedos.
Humillar a alguien se me hace la peor de las faltas cometidas contra alguien. Jamás le he tronado los dedos a nadie. Si, soy gritona, pero nunca le grité a el.
La verdad es que le pedí que recogiera los plásticos y alambres que quedan en el campo después de darle la resaga a los borregos y cuando lo encontré haciendo otra cosa muy tranquilamente, le pedí, también muy tranquilamente, que fuera a recoger los plásticos como habíamos quedado en lo que restaba de tiempo antes de comer: dos horas.
Ayer la esposa de Felis me buscó y me dijo que había peleado mucho con el, en la noche y hasta en la mañana, que el pecho le hacía así, horrible, y que no quiso ni desayunar, mas que un café, que le disculpara, que siendo sincera porque a ella le gusta la verdad y nadamás que la puritita verdad, ingeniera, es un huevón que no quiere trabajar y menos si tiene que aguantar órdenes de una, ay disculpe asté la expresión, ingeniera, de una vieja.
OCEA (que es más fuerte que o sea), de mi.
Hoy tengo trabajador nuevo.
Me pregunto si pegándome un bigote de esos de mentiritas y haciendo la voz grave todo salga mejor.
miércoles, octubre 8
yo, jane
Aunque en ocasiones, como hoy, me enerva. Ser. Mujer. Mexicana. En México.
Odio la idea de que maquillarme la cara me hará verme más bonita.
Odio la costumbre de tener que estarme quitándome los pelos de diversas partes del cuerpo para evitar malas caras si en algún momento algo se llegase a ver.
Odio ser susceptible 100% a los cambios de humor con mis hormonas vueltas locas. Cada mes. Y que todavía me pregunten si ando histérica por eso.
Odio que los ginecólogos crean que saben lo que es tener cólico menstrual y aparte digan que con las relaciones sexuales desaparecen.
Odio el concepto dominante de tener que cargar con medidas de 90-60-90 para si quiera pensar que soy atractiva.
Odio que se crea que tener miles de bolsas y un par de zapatos que le combine a cada una es típicamente mujer.
Odio que me digan que solamente con el matrimonio seré harina de otro costal. Tener mi propio costal, o sea, ser independiente totalmente, no es válido en mi sociedad. O son tus papás o es tu marido el costal. Carajo.
Odio que el sólo hecho de que disfrute el sexo, me convierta en una zorra.
Odio que tenga que tenga que parir un hijo para poder realizarme como mujer.
Odio tener que probar con pendejadas que ellos creen valiosas el que soy capaz de hacer un buen trabajo.
Odio mi debilidad física y que el hecho de poder o no cargar una paca de alimento de 40 kg. sea indispensable para demostrar que soy buena en mi trabajo.
Odio mi corazón extrasensible que aparentemente necesita ser más cabrón (así, como el de los hombres) para que no me pasen por encima y “se aprovechen de mi nobleza”.
Odio que con tal descaro, me volteen a ver las tetas sin más en alguna conversación.
Odio que digan que tengo que hacer sentir a los hombres que los necesito (que para cambiar una llanta o un puto foco) para poder mantenerlos a mi lado.
Odio que existan seres (masculinos, vayapordios) que la principal razón por no darme un trabajo sea que la posición requiere tener que andar (sola) mucho en carretera.
Odio que mi servicialidad se confunda con “servicio merecido por el pito que tengo entre las piernas”.
Odio que se diga que la mujer es más inteligente y responsable y se contradiga cuando se trata de un trabajo típicamente de hombres.
Odio que se piense que una es para estar en la cocina y echando niños al mundo.
Odio escuchar la frase (con diversas variaciones) de “mujer al volante, peligro andante”.
Odio que la ropa me hagan o no más femenina.
Idem para la profesión escogida (“Caracol, no pudiste haber escogido una carrera más femenina?”).
Odio que estando rodeada del sexo dominante, invariablemente, tenga que salir algún comentario sobre mi estado civil y empiecen a escoger quién de entre ellos se queda conmigo.
Odio que se insinúe que mi habilidad en la cocina es directamente proporcional a mi utilidad en la vida.
Odio que otras mujeres siempre crean que uno va por su pinshi hombre nomás porque te llevas bien con el.
Odio que pinshimil de hombres se crean que quieres con ellos porque eres abierta y amable.
Odio que mis congéneres quieran meterme siempre en faldas y vestidos para las fiestas.
Odio que quieran medir mi inteligencia en qué tanta habilidad tengo para manejar a los hombres (qué carajos, y yo que pensaba que eso de manejar a la gente era malo).
Odio tener que usar brassier!
Odio que me digan que el pelo largo es mejor y que con el pelo corto parezco hombre.
Odio que si al novio le gusta estar conmigo, se le diga mandilón.
Odio que mi mamá quiera que aprenda a coser y a tejer (para que luego haga chambritas para mis hijos).
Odio el hecho de que mi abuelo haya estado profundamente decepcionado de que el primogénito de su primogénito varón haya nacido niña.
Odio el prejuicio. Odio el prejuicio por mi género.
lunes, octubre 6
que no es moda
Este fin de semana que pasó fui de visita a casa de los papascaracol y la mamá no dejaba de comentar sobre mi apariencia de pordiosera. Le pregunté cuándo había visto a pordioseros con ropa interior tan bonita. Dijo que tampoco es agradable estar viéndome las rayas rosas y amarillas de los calzones.
No entiende cómo es que los rompo de tal manera y menos cómo no me da vergüenza andar por la calle (y sobre todo en el trabajo) en esas condiciones.
Yo le dije que lo único que puede dar vergüenza es que te agarren robando y/o que salgas a la calle desnuda y nadie te voltee a ver (por lo mismo nunca he sufrido vergüenza alguna).
Como le dije que mis pantalones todavía tienen mucha vida y por lo mismo no es sensato comprarme nuevos, se le ocurrió ponernos a parchar los pantalones a las 2 de la mañana del lunes, hora en que, como cualquier persona normal, yo quería estar durmiendo.
Pero mamácaracol poco tiene de normal y hoy todos mis pantalones, sin excepción, tienen mínimo un parche.
Se acabó la época de andar de exhibicionista de carne y de ropa interior colorida...
...hasta el próximo hoyo.
sábado, octubre 4
Mi oficina
Una de las gallina con sus pollitos. Los cuatro reyes de la colina. La gallina ha sacado el instinto maternal y los defiende a pico y garras, carajo, que ya me tocó un ataque frenético cuando tenía que agarrar a los pollos para aplicarles un desparasitante (estaban llenos de piojos, los pobres). Las gallinas se ven muy simpáticas meneando sus colas emplumadas y moviendo la cabeza con cada paso, pero cuando se ponen así, dan miedo. Y dejan marcas. Yo sé.
Esta es Begonia, mi favorita. No está asustada, ni enojada, nomás está (creo), muy sorprendida (por eso parece que se le salen los ojos). Acostumbra acercarse para rascarse la cabeza en mi pierna, para que le rasque yo alrededor de los cuernitos y para comerse mis pantalones o masticar mi pelo (si es que estoy sentada), estirandome el chongo desconsideradamente. Me gusta abrazarla y que apoye su cabezota en mi hombro.
Este es Rambo, mi favorito. Nomás esta grite y grite como desquiciado. Tiene una personalidad que me encanta. El remolino de pelo que tiene entre los ojos es genial. Se me acerca para que le rasque la barrigota que tiene. El pobre camina como viejo panzón, menándose de un lado para el otro como campana. Hubo unos días que estuvo muy tranquilo, como deprimido y con falta de apetito (normalmente es un tragón) y me tenía preocupada. Estuve dándole remedios digestivos y ha vuelto a ser el mismo enfadoso y necio de antes.
Me gustan más estos compañeros que aquellos que caminan en dos patas (y que no tienen alas). Es gracioso que aún y que no entiendo nada cuando estos hacen ruidos, comprendo más lo que me dicen ellos que lo que me quieren decir (o no) los compañeros de mi misma especie.
En fin.
Que ya es fin y también me gusta descansar de la rutina laboral.

