miércoles, marzo 12, 2008

Llamada la Aventurera

Hoy tuve un día de memoria voluntaria. Hablé por masenger con mi amadísimo amigo Juan Carlos, mejor conocido como Gandhi (por tener finta de filósofo pacífico, pero nadamá eso, pinshi engaño) e intercambiamos números telefónicos (los perdimos después de haber extraviado definitivamente nuestros respectivos celulares meses atras).

Quise llamarle por nomás pero también porque según yo esta semana cumplíamos 6 años de haber tenido un encuentro muy cercano con la muerte y quería cerciorarme de que no me equivocaba, porque en esos asuntos no confío en mi misma.

Me gustó sorprenderlo con la llamada y como acostumbra, me dijo alguna idiotez que me quebró en carcajadas. Es tan fácil reírse con el, y ya casi lo había olvidado. El también había olvidado mi risa, me dijo.

Entonces le pregunté que si había sido por estas fechas que casi nos íbamos por el barranco de regreso de El Molinol, un pueblo escondido en mitad de la Sierra Madre.

Como siempre, mi memoria juega cruelmente conmigo. Fue en noviembre del 2002, no en marzo. En marzo todavía no lo conocía, no sabía de su existencia, no había nacido para mi, me aclaro.

Y por eso he decidido escribir sobre esta experiencia que nos marcó tanto (tanto que aunque olvido la fecha, no olvido el suceso) a él y a mi, y al menos a otras 3 personas.

Estaba en mi segundo semestre de voluntaria en la Sierra de Durango, promocionando los Derechos Humanos en lugares recónditos con gente que pareciera estar olvidada de la mano de Dios, un Dios que ellos apenas conocen y sin embargo en el que creen y confían, al que le piden y agradecen, al que tienen siempre en sus bocas con oraciones y frases espontáneas.

Después de una semana de convivir con la gente de El Molino, de compartir los frijoles en sus mesas, de intercambiar historias y esperanzas, de haber tenido un cuarto hecho de bloques de adobe y con piso de tierra para descansar y de haber tratado de darnos a la gente y dejarles un cachito de ilusión para su vida, nos despedimos.

La niña que fue nuestra sombra toda la semana (de cuyo nombre Juan Carlos y yo no nos acordamos, por que es raro) fue a la última que vimos y con su brazo chiquito bien estirado y agitado y con un grito nos dijo: que Dios los cuide.

Eran las 7 de la mañana a lo más, y salía el sol por entre las montañas verdes que te quiero verde. Ibamos Juan Carlos y yo, junto con Erika, en la canasta de la camioneta azul de 3 toneladas y media, cantando a todo pulmón, satisfechos y contentos por una excelente semana. Tacho conducía y Sofía lo acompañaba en la cabina. Dos señoras y un niño del pueblo iban en la caja.

Era subir y subir por un costado del cerro, por caminos angostos de terracería lastimados por las lluvias. De pronto la camioneta se agitó y el silencio repentino llegó con el miedo que nos oprimió el pecho y alborotó los pensamientos al sentir la camioneta ladearse sobre un abismo que de seguro no tenía final. Al menos así lo creí yo en ese momento.

La camioneta se detuvo, y quedamos inclinados en un ángulo peligroso. Paralizados. Nadie se movió, probablemente porque esperábamos que la camioneta acabara de caer y comenzara a girar por la ladera mientras nosotros volábamos por todas partes.

Se oyó un rechinido, tan increíblemente fuerte en ese silencio, y el niño empezó a llorar, lo que nos hizo reaccionar. Le grité a Erika para que se bajara, y empujé a Juan Carlos detrás de ella. Yo estaba en la orilla y veía la vegetación desafiando la gravedad, como brazos perpendiculares brotando de la montaña.

Sofía salio por la ventana, brincando a Tacho que no soltaba el volante. Yo sentía que si me movía todo se iría al carajo y esperé a que ayudaran al niño y a las señoras a bajar.

La camioneta rechinaba y parecía temblar con cada movimiento, y recuerdo que yo sudaba, pero también que estaba helada.

Me bajé del techo de la camioneta, y vi a Tacho por la ventana, apretando el volante y sus nudillos blancos, como su cara. Sus ojos verdes se veían enormes.

Bájate, pensé. Se lo habré dicho con los ojos. Pero no se movía.

La camioneta dejó de moverse. El niño seguía llorando, y en algún momento, Tacho al fin se bajó.

Pensamos que era una piedra la que impidió que la camioneta cayera y todos nosotros con ella.

Subió la gente del pueblo a ayudarnos. Moviendo piedras y tierra, hicimos camino debajo de las llantas que giraban en el aire para poder mover la camioneta y seguir nuestro camino. Cuando llegó el momento de mover la piedra, nada cambió. Nunca supimos qué fue lo que detuvo ese enorme vehículo.

Después de 7 horas de trabajo y un convivio feliz muy improvisado, con elotes asados en fogata y sopas Maruchán de doña Benita, nos despedimos por segunda vez.

En esa ocasión, cuando la niña gritó otra vez Dios los cuide, verdaderamente creímos que así sería.

9 comentarios:

  1. Ufffffffff,
    me has hecho recordar un episodio muy parecido en la zona de Santa Cruz, Bolivia.
    También estaba yo en una actividad de cooperación; fuimos a la comarca en donde asesinaron al Che, comenzó a llover y el microbús en el que íbamos empezó a patinar en un caminito estrecho con un tremendo barranco en el lado del conductor.
    Gracias a sus nervios de acero logramos equilibrar el vehículo, después de quince minutos en los que todos estábamos seguros de morir.
    En fin, chiquita...

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  2. Creo que me habría muerto del susto si estuviera en una situación parecida.

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  3. Creo que siempre hay alguien que nos cuida la espalda y que experiencias como ésta sacuden algo más que nuestro miedo... quizá desempolvan la vida y le sacan brillo.

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  4. Me gusta la historia... de esas que te hacen sentir que por algo especial estas aqui... y ese amigo tuyo por algo estuvo en ese episodio de tu vida... yo pienso que es una señal de Dios... jajaja con todo mundo te queremos poner de novia....

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  5. nooo manches!!!
    se me puso la carne de gallina, que historia...
    gracias a dios te tenemos con nosotros enseñandonos cositas lindas. He vuelto también del abismo!

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  6. ouch !!!

    Cuando vivía en Torreón pensaba que mi muerte ocurriría en uno de los espantosos y viejos camiones que hay por allá.

    De película lo tuyo ...


    saludozzz

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  7. Debe llamarse más a menudo a la gente que te hace reir.
    Debió ser una experiencia bonita la que cuentas, y terrible el miedo que pasaríais en la camioneta, menos mal que acabó bien y podemos estar leyendo tu relato.
    Un abrazo.

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  8. benjui: que bueno que vivimos pa contarla, que no?

    veca: si, vequita! mucho miedo!

    ceteris paribus: yo definitivamente me senti muy brillante despues =)

    alejandrina: a ese amigo mio, yo le di su primer beso en esa misma sierra en otro momento!! pero somos super amigos y ya jajaja

    dorn: creo que cuadno volvemos de los abismos a los que nos tumba a veces nuestra mente y corazón por situaciones de la vida, es muy admirable, amiga...

    luisz: a mi me preocupaba más esa recta hacia Torreón... tan derechita y poco emocionante que te podías quedar dormido...

    irene: los amigos que hacen reír así son super especiales! definitivamente!

    babas y babas!

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  9. Ohhh my God!!!! Los pelos de punta...
    yo tengo algunas historias de "casi" pero no en abismos..
    Besosbabosos

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